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Club naval, Puerto Williams


La Cueca


Calle de Puerto Williams


El Puerto de Ushuaia

Después de la tormenta (y una fiesta en Puerto Williams)

September 22, 2006

El último día del viaje panamericano de la EPD se convirtió en tres días, cuando un frente de viento de la antártica entró por el canal Beagle. La mañana de mi partida, los lancheros que me debían de recoger me informaron desde Ushuaia que no había cruce posible por el canal y que el clima en esta zona es tan impredecible que era imposible saber cuando se podría cruzar. “Una vez me quedé cinco días esperando un cruce”, me dijo un local. Yo era el único visitante extranjero de la isla en esos momentos, por lo que no parecía haber tampoco mucha presión por parte alguna por hacer un viaje a Ushuaia. Mi viaje se complicaba por el hecho de que cada vez que se realiza un cruce hay que coordinar el traslado de dos agentes migratorios desde Puerto Williams a Puerto Navarino, un muelle abandonado a una hora de Williams donde se hace el trámite migratorio para los que entran a la isla.

El estar en una isla al final del mundo, sin posible conexión con tierra, aire o agua, sin saber si el clima cambiaría o no, me sumió en una visible angustia que los locales encontraron divertida. Ellos, por supuesto, viven con esta incertidumbre a diario y se precian de poder resistirlo todo, aparte de que no parece haber demasiado interés ahí por salir de la isla (solo una embarcación llega cada cuatro o cinco días desde Punta Arenas, para entregar provisiones y mercancía).

“C’mon man, relax!”, me dijo la dueña del único café de Williams, de nombre Loreto, una chilena rubia de ojos azules y de unos cuarenta y cinco años de edad, quien también coordina los viajes en lancha. Loreto llegó hace poco a Williams para subarrendar el negocio del café, que antes era bar. “Aquí la gente se queda a vivir porque prefiere ser cabeza de ratón que cola de león”, refiriéndose a la comunidad de marinos jubilados que, después de haber servido en la base militar de Williams, deciden echar raíces aquí. “se requiere de una personalidad muy particular para vivir aquí”. Su personalidad era a la vez de una mujer amigable pero mordaz, son una sonrisa de oreja a oreja pero con comentarios críticos de la comunidad, a veces incisivos y certeros pero también destemplados y hasta misantrópicos. Cuando le pregunté qué amistades había hecho en la isla, me dijo: “Ninguna. La amistad no es sino una transacción económica. Uno tiene solamente amigos en la medida en que tiene dinero”.

Loreto no fue nada elogiosa al hablar sobre Cristina Calderón. De ella me enteré ( y corroboré después) que tanto ella como su nieta sistemáticamente cobran cantidades sustanciales de dinero a los turistas que pasan por cruceros para sacarle fotos a la Abuela, o a las gentes como yo que buscaban entrevistarla. “Le venden puras fantasías a los turistas. ¿Cultura yagana? No me hablen de cultura yagana. La cultura Maya o la Azteca, esas sí que eran culturas. Los yaganes en cambio eran unos nómadas, unos indios flojos que no dejaron nada.”

Lo cierto es que en la entrevista no sentí en Cristina aquella angustia por la pérdida de su cultura, como lo sentí con Marie Smith Jones. A diferencia de Marie, Cristina no mostró un legítimo interés por salvar su lengua ni transmitirla a otros,. Pero aunque Loreto tuviera razón en que la abuela y su nieta explotan y mitifican el pasado yagán sin escrúpulos para beneficio propio, a mí me parecía perfectamente comprensible, si no justa, la idea de que alguien buscara retribución por la intromisión del típico turista o entrevistador, sobretodo si quien lo hace es una mujer anciana sin recursos. Su lengua para los otros será una curiosidad turística o una joya arqueológica, pero para ella es su forma de vida. ¿Es razonable exigirle al último hablante de una lengua el iniciar una cruzada por salvar su propia lengua? Y yendo más allá, ¿no es este proceso ilustrativo, de manera diminuta, de todas las mitologías culturales que hemos alimentado en Latinoamérica y que le sirven más al desarrollo del turismo que de la cultura autóctona?

Los casos de Marie y Cristina me hicieron recordar a otro grupo en extinción (muy americano también) con quien he trabajado antes: los Shakers. Con cuatro miembros restantes que viven juntos en Sabbathday Lake, Maine, y lidereados por la hermana Frances Carr, los shakers ven estoicamente el fin de su religión, por un lado tratando de mantener la fe por que esta continúe con nuevos conversos, pero por otro comenzando a elaborar testamentos para determinar qué sucederá con sus posesiones. Como con las últimas hablantes, se encuentran rodeados de especialistas, académicos, comerciantes y románticos que desean que continúe su existencia. Pero ellos, como cualquier otro entusiasta que trata de salvar algo en extinción, se encuentra con que la muerte natural es ineludible, al igual que con los seres humanos. Lo que era un rico legado cultural o religioso deriva en una reliquia o vaga sombra de lo que fue. Los vestigios que encontré en Villa Ukika, unas cuantas frases balbuceadas por una mujer anciana, son quizá el final de una lengua, pero en realidad la cultura yagana ha de haber muerto ya hace varios años cuando dejó de estar conectada a una comunidad viva y cambiante. Revivir artificialmente la lengua para la ciencia o el turismo no es revivirla, sino inventar una simulación artificial. Irónicamente, la muerte es el mejor indicio de la autenticidad. Muero, luego existí.

La que resultó ser mi última noche en Puerto Williams coincidió con la celebración de la independencia chilena. Los militares llenaron el gimnasio de banderas chilenas de plástico y cocinaron empanadas y carne, bebiendo pisco y bailando la cueca. La noche era helada, y las calles del pueblo estaban cubiertas de hielo. Me hice amigo del cocinero, con quien hablé de futbol- el común denominador para cualquier conversación entre latinoamericanos— y aprendí que la famosa jugada que conocemos como “la chilena” es precisamente una jugada que recibió ese nombre por un jugador chileno que la hizo en el primer mundial de futbol. Pero lo que fue más interesante fue ver el punto de vista militar de la división de la sociedad chilena, que aún se encuentra dividida en muchos aspectos por el trágico pasado de la dictadura de Pinochet. “Mi padre estaba en la marina durante Pinochet- me dijo el cocinero— y en esa época casi nadie sabía de los crímenes que se hacían. Y sin embargo, el acabó siendo acusado como si hubiese participado en ellos. Hasta ahora, el pueblo civil nos mira a todos los militares como responsables de todo aquello que pasó, y no es justo”.

Regresé a mi frío cuarto de la hostería, con esta última imagen de Panamérica. Al día siguiente, la tormenta había terminado y la lancha logró cruzar de Ushuaia a Isla Navarino. Logré tomar el avión a tiempo – es una sensación mágica volar, después de haber recorrido tanta tierra— y en unas horas recorrí, por aire, la misma distancia que recorrí por tierra en cuatro meses.

Escribí un discurso para la gente de Ushuaia que nunca fue leído, pues la tormenta me impidió llegar a la ceremonia aquella noche. Como ocurrió una y otra vez durante este proyecto, la contundente presencia de las fuerzas naturales fue la que habló, callando cualquier discurso, en idioma vivo o extinto.


Cristina Calderón


Villa Ukika


La Entrevista


Puerto Williams


La Abuela en su casa

Buscando a Cristina Calderón- in Search of Cristina Calderón

September 15, 2006

Por alguna razón quizá relacionada con la simetría poética del destino, se siente apropiado que la última hablante de los yaganes viva en la aldea más al sur del mundo. La aldea Ukika, con 51 habitantes, se encuentra al sureste de Puerto Williams, un poblado chileno localizado a su vez al sur de Ushuaia. Puerto Williams, con población de 3000, inició como una base naval que aún tiene una buena cantidad de oficiales de la armada chilena.

La búsqueda de Cristina Calderón resultó ser un reto no menos difícil que la búsqueda de Marie Smith Jones en Anchorage. Habiendo estado en contacto desde hace varios meses por correo electrónico con su nieta, quien promueve el conocimiento de la lengua y las tradiciones yaganes, sólo había obtenido información intermitente y vaga acerca de las coordenadas de “la abuela”, como es conocida aquí. Cuando llegué a Ushuaia, sabía tan solo que la abuela vivía en Puerto Williams, tan solo a 20 km. cruzando el canal Beagle- pero no sabía que el transporte comercial entre ambas poblaciones es prácticamente nulo, y particularmente por estas fechas invernales. Adicionalmente, no tenía la certeza de encontrar a la abuela, pero no tenía más remedio que intentarlo.

Conseguí finalmente un transporte en lancha de goma, que me cruzó a la isla Navarino de Chile (donde se encuentra Puerto Williams) con dos turistas australianos. Atravesamos entre la nieve y el frío gélido en la lancha que trotaba como caballo por las olas del canal. Se tuvo que hacer una cita con dos oficiales migratorios chilenos en puerto Navarino, quienes vinieron exclusivamente a este lugar a sellarnos los pasaportes. De ahí una camioneta nos llevó al otro lado de la isla, por un camino de lodo (no hay vías pavimentadas aquí), cruzando nieve y granizo, hasta llegar a nuestro destino.

Entré a villa Ukika, con su vista espectacular hacia el mar y a las montañas. La casa de la abuela se encuentra en el centro de ella. Cristina misma me abrió la puerta y para mi alivio supo quien era. Me dijo que regresara a las tres para la entrevista, advirtiéndome con un leve acento chileno “pero sabe que yo cobro las entrevistas, eh?”.

A las tres me presenté formalmente a su puerta con una cámara y dos muñecas tradicionales mexicanas de regalo. El carnicero local llegó a entregarle un pedazo enorme y sangrante de res a la mitad de nuestra entrevista, lo cual la hizo muy feliz. “Aquí solo comemos asado. Antes se conseguía mucho cordero aquí, pero ya no. Pura res”. La abuela me explicó que todos en la aldea estaban aparentados con ella- tuvo seis hijos, trece nietos y comienzan a proliferar sus bisnietos. Refiriéndose a la expansión de su familia, dijo: “es quizá porque yo me quedé huérfana, que me reproduje tanto”. El padre de Cristina murió antes que naciera, y su madre murió a sus cinco años. Se crió con tíos y con su abuelo, de quien recuerda su veneración ancestral y religiosa por el sol. En la infancia de la abuela, la cultura yagana iba ya en rápido declive. La última celebración yagán que presenció fue a los ocho años, en 1936. La última generación en aprender el idioma fue la suya, y su última interlocutora fue su hermana, quien falleció recientemente.

Como me sucedió con Marie Smith Jones, no sabía como abordar la pregunta de lo que significa el saberse el último hablante de una lengua. Sin embargo, la abuela comenzó a hablar por su cuenta de la soledad, y de su ambivalencia con dios. “mi hija se suicidó hace unos años. Se tomó unos remedios. Yo dejé de ir a la iglesia, porque pensé que si algo tan injusto pasaba, eso quería decir que Dios no estaba en ninguna parte. Un evangelista vino un día a convencerme que fuera a la iglesia, y me dijo que si mi hija murió fue porque quizá habría sufrido mucho más de otra manera.” Cristina no le creyó, y nunca regresó a la iglesia. Sin embargo, su relación con dios regresó, aunque de manera individual, y desde su propia casa. “Creo que todos al final estamos solos con nosotros mismos y con dios”.

La abuela me mostró algunas de las artesanías yaganes que hacen en la aldea (le compré un gorro de estambre a Dannielle, bordado por la abuela misma). Me despedí de la abuela, agradeciéndole su tiempo y generosidad. Salí de su casa y ví de nuevo el mar, y esa poderosa y melancólica luz austral, los muchos perros dormidos en la aldea, y comencé a caminar por el sendero de lodo. Esa última y sencilla reflexión de que estamos ultimadamente solos con nosotros mismos, dicha por la última hablante de una lengua en el poblado más remoto del mundo, me dejó pensativo. Hay mucho acerca de qué reflexionar en los siguientes días y en estas páginas. Pero de momento, el haber conocido a Cristina Calderón cierra finalmente esta larga conversación de cientos de voces que comenzó hace cuatro meses en Anchorage. El trayecto ha oficialmente concluído.


calle 9 de julio, Ushuaia


calle San Martin


la vista de la bahia


llegando a Ushuaia - arriving to Ushuaia


Marcelo Murphy en la casa de la cultura de Ushuaia

FINIS TERRAE

September 14, 2006

Finis Terrae

(Y, un cuento de hadas ruso)

De niño, recuerdo haber leído un cuento de hadas tradicional de Rusia, en el que un joven príncipe dejaba su reino para buscar el fin del mundo. Al llegar a los confines de la tierra, encuentra un oráculo que inesperadamente le revela el peligro que corre su reino, y así puede ver todo con claridad para regresar a salvarlo. Cuando leía esa historia, me imaginaba el fin del mundo como el borde de un acantilado después del cual solo había negrura y estrellas. Y de hecho, mis primeros vislumbres de Ushuaia no distaron demasiado de esa imagen de infancia.

Al llegar al final de la parte continental del hemisferio, el autobús abordó un ferry que nos cruzó por el estrecho de Magallanes de la tierra patagónica a la provincia de tierra del fuego, una región compartida por Chile y Argentina que obliga a todo autobús a cruzar Chile para entrar a la zona Argentina de la isla (por lo que tuvimos que seguir una danza un poco absurda de subidas y bajadas del autobús y revisiones aduanales al entrar, salir y volver a entrar a Argentina en cuestión de horas). Pasamos horas y horas cruzando un paisaje absolutamente desolado, sin árboles ni montañas y poblado solamente por una especie de llamas que corrían ligeramente entre los matorrales secos. Poco a poco, al final de la tarde, el paisaje comenzó a tornarse más invernal y azul, surgieron unos bosques de graves árboles de troncos verdinegros que parecían petrificados, y al final apareció un enorme lago rodeado de montañas imponentes, indicando que habíamos llegado al fin del mundo.

Magallanes no pareció interesarse demasiado en esta zona cuando cruzó estas tierras hacia 1520. Las habitaban varios grupos indígenas, entre ellos los yaganes, quienes prendían fogatas que se veían en la distancia por los marineros y que eventualmente le dieron el nombre de Tierra del Fuego a la isla donde se encuentra Ushuaia. (Hoy queda solo una yagán, Cristina Calderón, quien ahora vive en Villa Ukika, una aldea vecina a Puerto Williams en la isla vecina al sur de Ushuaia (Isla Navarino), y a quien tengo como misión encontrar para darle conclusión a este viaje.)

La noción del fin del mundo, y de su potencial esclarecedor como perspectiva última de la vida, es fértil en el arte, en el ámbito de lo simbólico y lo poético. Ushuaia es la ciudad que ocupa el honor de ese simbolismo, por ser la más austral del planeta (con la excepción de Puerto Williams, del lado chileno y un poco más al sur, aunque se debate si esa población constituye una ciudad). Esto se ha traducido en un cierto imán turístico que ha propiciado una expansión de la ciudad y le ha añadido comercios y hoteles. La vida cultural de la ciudad también se ha intensificado, lidereada por el director de cultura de la municipalidad, Marcelo Murphy, uno de nuestros anfitriones junto con los organizadores de la próxima bienal del fin del mundo el año que viene. De manera que la EPD se suma a los visitantes de Ushuaia, no precisamente para unirse a una expedición turística para ver pinguinos, sino para encontrar, como en el cuento ruso, quizá algo de claridad, cierre, o perspectiva del reino panamericano. Pues ¿qué mejor lugar para ver las cosas en perspectiva que el lugar mismo de donde comienza la perspectiva?


el muelle de rio gallegos


el megatherium americanus


calle Rawson, Rio Gallegos



37 horas y un dinosaurio patagónico

September 12, 2006

Es un despertar un tanto rudo cuando uno, en el autobús de la madrugada, después de 37 horas de viaje, abre los ojos en un lugar como Río Gallegos.

Río Gallegos es la última ciudad al sur de la Patagonia, esta tierra legendaria de montañas entrelazadas con paisaje abierto y, según dicen, espejismos. Fue fundado como puerto en 1884, fecha en que varios inmigrantes de Italia, España, Irlanda e Inglaterra comenzaron a llegar a ocupar estas tierras y a dedicarse a la ganadería. Se encuentra a doce horas mi último destino, Ushuaia, hacia donde saldré mañana. De momento, he tenido que hacer una última parada en esta ciudad con curiosas características: colores grises y amarillos, un frío ventarrón de la costa que lanza unas virutas negras que parecen carbón; el puerto de la ciudad, de momento desierto, con una marea notablemente baja, y sin excepción, un perro en cada casa.

Gradualmente he tenido la impresión de que he regresado al principio de este viaje, dado el carácter invernal de la luz solar, la amplitud del paisaje, y la simplicidad de las casas patagónicas que tienen cierta apariencia anglosajona (La mayoría de las casas originales que sobreviven de la época de la fundación de Río Gallegos fueron ordenadas por catálogo y traídas directamente desde Europa, de manera similar a las viviendas actuales de Anchorage.)

En lo que merodeaba por las tres o cuatro calles animadas de Río Gallegos, entré al Museo Padre Molina, una extraña y maravillosa combinación de museo de historia natural y museo de arte que seguramente le agradaría a gente como a Mark Dion y a David Wilson del Museum of Jurassic Technology. (el Padre Molina fue uno de los primeros coleccionistas científicos en el área—o quizá, el único que hubo). Aunque muchas de las colecciones antiguas parecen haber desaparecido, hay un imponente esqueleto de un Megatherium Americanus, un “mamífero herbívoro de más de 5 metros de largo. Tenía fuertes garras. Llegó a coexistir con el hombre. Vivió en el Pleistoceno. Se extinguió hace 8500 años”

Se me ocurrió, quizá ya en el delirio del final del viaje, que el Megatherium Americanus podría ser una metáfora de Latinoamérica. ¿Somos un proyecto autóctono en vías de extinción? ¿Estamos condenados a ser lo que el mismísmo Bolívar, al final de su vida, predijo— una región ingobernable? La metáfora del dinosaurio patagónico es seguramente tentadora, aunque seguramente una infección del negativismo que casi sistemáticamente hemos recibido en cada debate que hemos sostenido. En realidad, en este viaje han surgido muchas latinoaméricas y panaméricas, algunas extintas, otras que no han nacido. Pero el recuento final no lo podemos hacer sino hasta que lleguemos a nuestro destino final.

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